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La sala de la derrota

Es una habitación oscura y triste apenas iluminada por un ventanuco de cristal gris que da a una calle angosta. El ambiente dentro está lleno de polvo en suspensión, como si una corriente de aire permanente estuviese removiendo la suciedad que lo envuelve todo. No se oye nada. Huele a humedad. A humedad y a tristeza. Hacen bien en llamarla la sala de la derrota.

Amontonadas sin orden ni cuidado, en la penumbra se aprecian centenares de cajas de cartón recomidas por las goteras y el tiempo. Todas contienen lo mismo: carteles y pegatinas, llaveros, posters, gorras, camisetas… y en cada caja un nombre y una fecha anotadas en letra rápida con rotuladores gruesos. Cada uno escrito por una persona que creyó en alguien que no pudo ganar.

La paradoja de la sala de la derrota son las sonrisas. En todas las fotos el blanco marfil resalta cuando alguna brizna de luz les cae encima. Hombres y mujeres en grupo, solos, de pie y sentados, todos sonríen mostrando un instante en el que se vieron o quisieron verse como campeones. La victoria sobre el papel, la derrota en la realidad.

Al fondo, en una esquina, la elegante pose de un candidato a presidente se amustia bajo cajas y cajas de banderitas, rollups, posters y demás material de su campaña. Sus encuestas le daban como favorito, pero los votantes no. A su lado y con el mismo gesto de superioridad, el que fue su rival en esas elecciones aparece, cuatro años más viejo, rodeado de gente aplaudiéndole. Haber triunfado una vez no te libra de tener un hueco en la sala de la derrota.

Equipos de fútbol y baloncesto, deportistas que se las prometían muy felices al encarar la final están allí amontonados sin importar si alguna vez ganaron o no. El halo de la decepción y la vergüenza les acompaña en la penumbra con el eco sordo de los gritos de sus seguidores como recuerdo de lo que en aquella ocasión pudieron lograr.

El esfuerzo de decenas, de cientos de personas en aupar a los que aparecen en las fotos a la cima queda en nada aquí dentro. El arte a la hora de diseñar logos, de dar con el eslogan perfecto, de preparar charlas, mítines, comités de celebración, desfiles para encontrarse con los aficionados. Todo reducido a una pila eterna de fracasos tirados los unos por encima de los otros.

De pronto una puerta se abre y dos operarios lanzan al montón más cercano cuatro cajas que se abren tapizando el suelo de la foto de un equipo de fútbol y la imagen de una copa a su lado. Una copa que jamás llegarán a tocar. Ellos también han perdido, y su memoria quedará atrapada para siempre en la sala de la derrota.

 

Foto de portada: ©Reproductive Health Supplies Coalition

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