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Una noche de perros

Las luces del autobús se iluminan despertando a los sesteros tras seis horas de viaje. Mucho parpadeo entre asientos, brazos en alto para estirarse y desentumecer la espalda; alguna mirada perdida sin terminar de creerse que ya han llegado. En medio está él, que lejos de perder el foco intenta recordar esa pose que ha ensayado varias veces delante del espejo. El cielo rebosa nubarrones y el termómetro del vehículo marca una temperatura externa de diez grados. Hace una noche de perros.

Fuera, en la dársena, un grupito pequeño espera a que los pasajeros bajen repartiendo saludos y abrazos de reencuentro. Nadie se los dedica a él, que desciende enfundado en su gabardina como una sombra de Humphrey Bogart sin sombrero. Recoge la mochila y se la echa al hombro en el mismo gesto que usa para atisbar los alrededores hasta que la encuentra: una figura ajena al resto apoyada en la pared de la estación. Viste un abrigo marrón largo, y la melena caoba le tapa el ojo izquierdo. El derecho, en cambio, le mira con un brillo intenso dándole la bienvenida.

Las luces sucias de la estación iluminan sus saludos; no necesitan hablar mucho más pues llevan tiempo haciéndolo a distancia. Ambos saben lo que va a ocurrir, no es esa la cuestión. Es el cómo, el cuándo y el dónde. El silencio que corre entre sus miradas habla más de lo que sus bocas jamás podrían hacer.

Hace frío, pero ellos no lo sienten. La humedad en el ambiente, propia de las ciudades de mar, corre por las calles difuminando la luz al tiempo que amortigua el sonido de sus pisadas por las aceras empapadas. Dicen poco y se espían mucho, como dos jovenzuelos camino de hacer una tontería. Los dobles sentidos saltan con cierta malicia contenida buscando constantemente el flanco del contrario; en el amor la guardia baja se castiga, y la gracia para soltar el piropo a tiempo es todo un arte. Sobre todo con ella, dura con su ojo oculto por la melena y los sentimientos afilados a base de aguantar imbéciles.

Sus pasos deambulan sin rumbo exacto, o al menos eso es lo que parece. Él es nuevo en la ciudad pero ha hecho los deberes: sabe a dónde ir. Por ello está haciéndose el tonto, dando vueltas por las calles por un camino que ha estudiado a la perfección durante el trayecto. Aguantando con la boca seca las ganas de arrimarse a ella y abrazarla, apartar la melena caoba con suavidad y besarla de una vez. No toca aún, hay que esperar.

Ella amaga estropearle el plan, divertida al verle inventar razones absurdas para seguir por esta o aquella calle. No es la primera vez que hace ese camino acompañada de un hombre, sabe perfectamente a dónde le lleva, aunque sí es la primera que lo hace con tanta decisión. Quiere llegar allí, que sea especial, y por eso acaba por dejarle vencer. No conviene herir el orgullo masculino, sobre todo cuando se nota que le ha puesto tanto empeño a la noche.

Por fin una plaza se abre ante ellos inmensa de negrura y quietud. Nada se mueve a su alrededor, e incluso la Luna ha logrado abrirse un hueco entre las nubes para poder verles desde lo alto. Los dos se sorprenden al notar los corazones repiquetear con fuerza en sus pechos, y se miran de reojo ante la vista que les ofrece el rincón al que han llegado. Es un lugar íntimo desde el que la ciudad parece hecha para ser contemplada, con el río brillante, el parque oscuro y la catedral imponente cubriéndoles la espalda.

— Bonita noche —susurra él.
— Desde luego. Qué pena que los únicos que podamos disfrutarla seamos dos cualesquiera como tú y yo.
— Lástima —mira al cielo—. Una noche de perros.

Sonríen cómplices con las bocas entreabiertas. Cada vez más cerca. Con el pulso acelerado en las sienes y las ingles; las lenguas listas para la batalla.

— Y que lo digas, chico —le pasa las manos por detrás de la nuca parándole justo antes del beso—. Una noche de perros.

 

Foto de portada: ©Lukas Bieri

 

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