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Libertadores

Los minutos parecían horas, y las horas días, y los días meses. Algunos marineros, los que se embarcaban por primera vez en ruta hacia las Indias, hacía jornadas que se desesperaban aquejados de mareos, insolación y calenturas. La mar, poco generosa en vientos y corrientes, mermaba los ánimos de la tripulación; incluso en aquellos que habían acompañado al almirante de la Mar Océana en su primer viaje estaban perdidos, hartos de ver agua en todas direcciones desde que se dio la partida.

Esa noche el aire había cambiado, incluso el olor a calor y sal era otro, trayendo malos augurios a los más supersticiosos. Los rezos a la virgen vibraron entre las quejumbrosas maderas de la bodega, temerosos de esos dioses come-hombres que decían tener los indígenas del Nuevo Mundo.

La luz del amanecer era tan sucia que no permitió a nadie ver dónde se estaban dirigiendo, ni siquiera al vigía de la nave capitana, que desde el carajo acuchillaba la oscuridad con sus ojos de águila. No fue hasta media hora después de que se hubiese apuntado la aurora que ya los hombres pudieron intuirse los brazos al agitarlos frente a sus rostros.

En ese momento el centinela miró alto pidiendo una señal a Dios, y Dios le contestó en forma de un ave que pasó cerca del palo mayor, casi raspando la seña española en lo alto. El descubrimiento le llenó de júbilo, volviendo a mirar a su alrededor para descubrir unas irregulares formas que quebraban el horizonte. Con un repentino temblor de alegría dio la buena nueva de un bramido que despertó a toda la tripulación del buque.

– ¡Tierra! —gritó desaforado— ¡Por Santiago, tierra a la vista!

Arriba, el pajarraco le contestó con un graznido que bien podía ser la bienvenida a esos españoles locos que se habían jugado el tipo en tres cascarones de madera para llegar a un mundo por descubrir. Un mundo oscuro y peligroso pero también fascinante cuyas reglas nadie conocía.

La visión animó los corazones de los hombres, que cambiaron los murmullos por loas al Señor. El capellán pidió permiso para oficiar una misa en honor a San Atanasio, que según el cálculo del clérigo debía de ser el patrón del día. Al terminar el sermón las cubiertas de las tres naves bulleron de nuevo bajo las órdenes pertinentes, desplegando el velamen rumbo al continente.

Cuando se aproximaron a la costa vieron que aquel no era el sitio descrito por las cartas de navegación, pero los marinos experimentados en viajes oceánicos creían conocer aquellas tierras. Algún mal viento les había llevado lejos en su camino, seguramente al sur de La Española, que era su objetivo inicial. Dirigidos por aquellos que decían saber dónde estaban enfilaron hacia una cala recogida junto a la desembocadura de un río para cargar agua dulce y reparar los daños que los buques arrastraban. Una vez en tierra organizaron un pequeño campamento, descargaron armas y los pocos animales que les quedaban, y buscaron el camino para llegar a alguno de los poblados que a buen seguro habría por la zona.

 

Foto de portada: ©enriquelopezgarre

 

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