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Libertadores V

Atrás estaban los miedos tras el ataque de la serpiente. Atrás las dudas y recelos. Atrás, incluso, el cansancio de las largas jornadas en el mar.

El recibimiento en el poblado de los taínos había borrado de sus cuerpos cualquier otra sensación que no fuera la que debía sentir Su Católica Majestad cada vez que se paseaba por la corte. Si bien al principio todo había sido confusión y sobresalto —con las manos de los españoles prestas sobre las toledanas—, en cuanto se hubo organizado la recepción el ambiente se había vuelto agradabilísimo.

Don Ernesto miraba sorprendido la avenida central del poblado guiado por los primeros indios que habían encontrado en la jungla, que se le arrimaban para que el resto de su gente les vieran bien cerca de esos recién llegados tan gallardos y poderosos. Por encima del hombro observaba a su compañía, que marchaba con los pechos henchidos aprovechando la situación para regalarse la vista con las guapas indígenas. El capitán lo permitió ya que era mucho el tiempo que llevaban sus hombres sin ver a una mujer. Mientras la cosa no pasase de ahí, no habría problema.

El sol ya moría por el oeste, de modo que decenas de teas se iban encendiendo al paso de la comitiva. En alguna parte sonaba música, una melodía similar a la que los taínos cantaban cuando los encontraron, pero acompañada de palmas y ritmos de tambores y otros instrumentos que no pudieron reconocer. Lo importante era que todo aquello no parecía una trampa. Nadie se molestaría tanto para encubrir sus intenciones.

Las casas del poblado giraban en torno a una plaza en la que un edificio bastante más grande que el resto dominaba la aldea. Debía ser la morada del jefe o bien el templo, pues el suelo a su alrededor no era de arena y barro como el resto calles; estaba enlosado, elevado un escalón del suelo. Y hacia allí les llevaban sus guías.

— Juan, pregunta qué haremos ahora.

El intérprete se acercó a uno de los taínos, que con entusiastas aspavientos contestó en su lengua. Luego se quedó mirando a don Ernesto con los ojos muy abiertos. Seguía fascinado por el porte del capitán español.

— Recepción con jefe —tradujo Juan—. Jefe de aldea espera.

En ese momento el portón de madera del edificio de piedra se abrió y del interior salió una comitiva de cinco hombres, todos ellos vestidos con evidente pompa: llevaban sombreros con plumas y ribetes dorados, y bonitas túnicas claras con estampados. En el centro, uno de ellos blandía un bastón dorado en su diestra.

Don Ernesto miró largamente al hombre del cetro cuando llegó a su altura. Sabía que todas las miradas estaban clavadas en él, tanto las de sus hombres como las de los taínos, que habían formado un gran círculo a su alrededor subiéndose incluso a los tejados de las casas más cercanas. Su llegada era un acontecimiento que nadie quería perderse. El capitán se sentía algo abrumado, pero con Juan a su diestra y el pabellón con el aspa de San Andrés a su espalda sabía que su apariencia ganaba en vistosidad a la del taíno.

— Soy Ernesto Maldonado de Mendoza, capitán de los ejércitos de Su Católica Majestad —saludó haciendo una leve inclinación de cabeza sin dejar de mirar a los ojos del líder del poblado.

Juan tradujo con rapidez, respondiendo con un nombre imposible de pronunciar para los españoles. La lengua impía de aquellos hombres no estaba hecha para el oído cristiano, sin embargo sus gestos eran amplios, amables, y sus rostros si bien se mantenían serios mostraban cierta afabilidad. Sin saber muy bien cómo, todos los españoles se vieron arrastrados al interior del edificio de piedra, en cuyo patio les esperaba un banquete alrededor de un ídolo de piedra con engastados dorados.

Las antorchas crepitaban, la música seguía sonando y exóticos perfumes impregnaban el aire. Por una noche los españoles podrían descansar en un buen lecho sin tener que preocuparse por nada; ni guardias, ni relevos, ni mares embravecidos.

Algo en la mirada del líder taíno indicaba a don Ernesto que podía encontrar un aliado en él, sin embargo su instinto de soldado viejo le decía que tanta hospitalidad no iba a salirle gratis. Pronto sabría por qué.

 

Foto de portada: ©enriquelopezgarre

 

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