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La fotógrafa

Muchos me preguntan de dónde viene lo mío. Lo de quedarme quieta durante horas esperando a que la luz, porque fundamentalmente lo mío es una cosa de luz, haga su trabajo para yo poder hacer el mío. Generalmente doy una respuesta ambigua con tintes melancólicos y vaguedades que dejan satisfechos a los curiosos. Sin embargo, como suele ocurrir, la verdad es otra.

De niña viví en muchas casas de muchas periferias de muchas grandes ciudades. Los chanchullos de mi padre no nos permitían estarnos quietos demasiado tiempo, así que las mudanzas, muchas de ellas con nocturnidad y alevosía, abundan en mi memoria. Entonces no lo entendía y, ahora que lo entiendo, no lo critico. Gracias a aquellos sablazos nunca nos faltó un plato caliente en la mesa. Tampoco lo justifico, sólo digo que lo entiendo.

Cuando las redes sociales empezaron a convertirse en algo cotidiano y la gente más joven se iba adueñando de ellas la palabra influencer comenzó a sonar con fuerza. De un anglicismo absurdo propio de modernos pasó a ser una profesión de las de poco dar el callo y mucho cobrar. De caraduras, buscavidas y guaperas con la cabeza llena de serrín. Yo, que por mi trabajo he colaborado con muchos de ellos, puedo decir que algunos son así, pero también hay reflexión tras esas fotos que muestran vidas idílicas. Mi madre, en cambio, no era ni guapa descerebrada ni sesuda emprendedora digital.

Si entiendo los timos de mi padre más aun entiendo a mi madre. Embarazada demasiado joven, atada a un caradura y a demasiados hijos sin haber cumplido los treinta… era normal que encontrase en las redes sociales una forma de dar salida a su necesidad de verse todavía como una mujer atractiva y deseable. Por eso se abrió una cuenta a la que subir sus fotos, pidió a mi padre un móvil con una buena cámara, y comenzó a exhibirse de la mejor manera que pudo ante un público que nunca pasó de amigos, familiares y algún que otro baboso que rápidamente se cansaba de ella.

Al principio le pedía a mi padre que le echase una mano, pero ante su mal pulso y peor ojo pronto decidió hacérselas ella sola. Hasta que una mañana salió a pasear conmigo y me dio la oportunidad de fotografiarla. No sé si es que las que le hacía mi padre eran muy malas o simplemente que su gusto era así de limitado, pero le encantaron. Y desde entonces me convertí en su reportera personal. Con el tiempo consiguió que mi padre me comprase una cámara de fotos de segunda mano que todavía conservo.

Ante ese panorama sólo tenía dos opciones: o seguir el ejemplo de mi madre y convertirme en una posturitas con ínfulas sin ningún futuro o sacar algo bueno de la situación. Fue entonces cuando decidí convertirme en fotógrafa. Y todos los días doy gracias por haber sido suficientemente lista como para ver la oportunidad cuando todo parecía estar en mi contra.

 

Foto de portada: ©Pexels

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2 comentarios en «La fotógrafa»

  1. Me ha gustado mucho.
    Te lías te lías y se acaba pronto.
    Como que te enganchas y te lo lees en un suspiro.
    A ver si viene la siguiente novela que tengo ganas de leerla.
    Un abrazo
    Jesús

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