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La diligencia

En el camino a ninguna parte, la diligencia traquetea en silencio sin levantar polvo. La noche se cierra a su alrededor, iluminándola apenas dos lámparas que cuelgan de sus laterales. No hay luna ni estrellas en el firmamento. Todo es oscuridad, frío y viento.

Tirando de la diligencia hay seis sombras que se sacuden mientras mantienen un trote impasible, guiadas por unas bridas negras y un látigo mudo. En el pescante, un bulto arrebujado bajo un grueso mantón y una chistera acuchilla el camino con los ojos como si la negrura que les va absorbiendo fuese una simple bruma.

   – Bueno… ¿y ustedes por qué están aquí?

En el interior del vehículo cuatro figuras se miran las unas a las otras. El que ha hablado es un hombre mayor, calvo y con un bigotito fino y canoso que el resto puede ver gracias a la escasa luz de las lámparas filtrada a través de los cristales. Va vestido con un traje negro, camisa blanca y corbata, y entre las manos lleva un pequeño bombín.

   – Yo no tengo ni idea.

Frente al anciano, una señorita que no llegará a los treinta se rasca la nariz con la punta de los dedos y niega con la cabeza. Estornuda varias veces y continua.

   – Perdonen ustedes, llevo unos días con gripe.

   – Tenga —dice el anciano sonriendo mientras saca del interior de su chaqueta un pañuelo de tela—. No es bueno tener la nariz ocupada.

   – Muchas gracias.

 Al darle el pañuelo sus manos se cruzan, extrañándose ambos de lo frías que están.

   – Un vecino mío murió de una gripe hace dos inviernos.

Junto a la señorita, un hombretón grueso y rubicundo habla con voz aguardientosa. Contrastan sus vestimentas de campo con el fino vestido de la mujer.

   – No diga eso delante de la señorita.

   – Da igual —eructa—. Aquí vamos todos p’al mismo camino.

Un chispazo de linterna brilla desde el exterior en los ojos del hombretón, mostrándolos vidriosos de licor. Por la pinta debería de apestar a estiércol y alcohol barato, pero no huele a nada. En el interior de la diligencia no existen los olores.

   – Y tú, pequeño —sonríe de nuevo la señorita—, ¿a dónde te diriges?

En ese momento los tres observan al hueco que hay junto al anciano, en el que un niño rubio y pecoso de unos diez años mira a los tres parpadeando varias veces.

   – No lo sé.

   – Oh, pero seguro que puedes contarnos algo, ¿no, campeón?

El anciano le da un golpecito en el hombro y le pone su sombrero hongo invitándole a hablar. El niño duda y se pone a hacer dibujos en el vaho de la ventana con la punta del dedo.

   – Estaba jugando con la pistola de mi padre y lo último que recuerdo es llegar aquí.

Los tres adultos se revuelven en sus asientos e intercambian miradas y carraspeos. El niño sigue dibujando con su dedo en el cristal. Al poco parece que va a decir algo, pero una sacudida anuncia la detención de la diligencia. Las ruedas dejan de girar y el vehículo se estremece cuando el cochero desciende sin hacer un solo ruido.

La portilla derecha se abre, entrando en la cabina un aire helador que no se sabe si proviene de la noche o de la sombra que les espera al pie de la escalerilla. Los cuatro pasajeros se miran los unos a los otros como si se viesen por primera vez. Sin saber cómo no se han fijado antes en los dedos y los labios de la señorita, que están teñidos de un azul oscuro. O en los ojos febriles y amarillentos del hombretón, o la extrema lividez del anciano, cuyas manos han perdido todo el color.

A la camisa del niño le brota un enorme manchurrón rojo en el pecho.

   – Última parada —la voz hueca del cochero les invita a salir hacia la nada oscura que les rodea.

Han llegado a su destino.

 

Foto de portada: A taint on the wind, de Frederick Remington.

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