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Hamilton – Burr

Habían cruzado el Hudson cada uno en una barca, ordenando a los remeros regresar a la orilla cuando todo hubiese terminado. Así podrían declarar que no habían visto nada. Las pistolas viajaron en una maleta perfectamente sellada que sólo sería abierta en presencia de los padrinos, y hasta habían convenido que los testigos estarían de espaldas mientras todo ocurriera. Todos los implicados quedaban así a salvo de la justicia.

Tanto en Nueva York como en Nueva Jersey los duelos estaban prohibidos, pero en los Altos de Weehawken seguían siendo una práctica común. De hecho allí mismo había muerto el hijo de Hamilton tres años atrás, algo que muchos habían considerado de mal agüero. El aire sucio del amanecer apenas permitía ver más allá de unos pasos, los justos para que los padrinos midiesen la distancia entre los contendientes. Ambos se dieron por satisfechos.

Alexander Hamilton tenía derecho a elegir primero al haber sido retado, dejando a Aaron Burr el lugar río abajo. Llevaba días enteros sin poder dormir, carcomido por sus profundas convicciones religiosas. No era, no obstante, la primera vez que participaba en un duelo: había sido padrino de varias amistades e incluso segundo de John Laurens en un duelo contra el general Charles Lee. Sin embargo seguía sin sentirse cómodo en su lance con Burr, vicepresidente del gobierno en ese momento.

El motivo de la disputa había sido de lo más tonto: una carta de Charles Cooper publicada en el Albany Register en la que se ponían en boca de Hamilton una serie de declaraciones bastante insultantes sobre Burr. Tras días de intercambiar correspondencia buscando una explicación honrosa, Burr terminó por retar oficialmente a un duelo a Hamilton. La cita se fijó al amanecer del once de julio.

Con ambos contendientes colocados en sus posiciones el desenlace sólo era cuestión de tiempo. Tal y como se había acordado, los testigos dieron la espalda a los duelistas para en caso necesario poder negar haber visto los disparos. Burr y Hamilton se miraron largamente con las pistolas en alto a la espera de que uno de los padrinos diese la orden de fuego. Después ambas explosiones restallaron en el aire, primero una y luego la otra.

Hamilton había disparado al aire, por encima de la cabeza de Burr. De esa forma cumplía con el ritual y evitaba herir a nadie. Burr sólo pudo ver la nube de pólvora en la punta del arma de su rival, contestando en ese mismo momento. Su bala alcanzó el abdomen de Hamilton, rebotando en las costillas flotantes hasta incrustarse entre sus vértebras.

Burr tiró la pistola al suelo. Avanzó temblando hacia el retorcido cuerpo de Hamilton pero no pudo llegar a él. Sus padrinos le obligaron a marcharse al ver cómo los botes regresaban por el Hudson atraídos por el ruido de los disparos.

Aaron Burr navegó sobre el Hudson con la cabeza entre las manos sabiendo que su carrera política acababa de recibir un serio golpe. Lo que no terminaba de imaginar en ese momento era que jamás volvería a ocupar un cargo público. No por el revuelo mediático de ver a todo un vicepresidente del gobierno envuelto en un duelo, sino porque Alexander Hamilton moriría al día siguiente en su domicilio de Nueva York.

 

Foto de portada: Grabado de J. Mund.

 

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