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Ese puto cojo español

En la comodidad del salón, el inglés miraba la noche agrandarse al otro lado de la ventana. No se atrevía a abrir el paquetito que le acababan de entregar. Tenía una ligera idea de lo que contenía, pero necesitaba un momento antes de enfrentarlo. Un minuto por su orgullo y su honra como militar, o lo poco que quedaba de ella. Dos días antes había regresado de Cartagena de Indias con un ejército reducido a la mitad, treinta y siete navíos hundidos y diecisiete salvados por los pelos tras haber sufrido posiblemente la derrota más humillante de la historia de Inglaterra. Y todo por ese puto cojo español.

Cojo era poco, pensaba temblando de rabia el inglés. Cojo se quedó en la primera batalla en la que se enfrentaron, en Málaga, allá por el mil setecientos y seis. Habían pasado treinta y cinco años durante los cuales ese medio hombre había perdido un brazo y un ojo, y aun así… Cartagena había sido un absoluto desastre. Lo que más le jodía era que encima los soldados apresados volvían a casa con buenas palabras sobre el español. Que si les había tratado bien, que si era un caballero… Un hombre que se jactaba de mear siempre mirando a Inglaterra no merecía semejante calificativo.

En realidad no era eso lo que le jodía. O no eso solamente. Lo que quemaba las entrañas era que en el fondo de su ser le admiraba. Lo que había hecho era encomiable, y eso no podía quitárselo ningún odio nacional ni ninguna meada al aire. Fumando su cigarro en la penumbra del salón, el viejo Vernon repasaba una y otra vez el resultado de la contienda. Treinta mil hombres contra apenas cuatro mil. Navíos en proporción de cinco a uno, eso sin contar las fragatas y los más de cien transportes. Y no había estado ni cerca de pisar Cartagena de Indias. Por el puto cojo español. Un puto cojo al que ni su rey le reconocía la hazaña con un ascenso o un título. Y sin embargo ahí estaba. En la puta Cartagena de Indias con su puta cara sin ojo.

Vernon por fin se decidió a abrir el paquetito, que contenía una serie de monedas que había mandado acuñar antes de la catástrofe contra los españoles. El peligro de vender la piel del puto cojo español antes de haberlo cazado. Cogió dos al azar. En una se le veía con Cartagena de Indias al fondo. Los fuertes de Cartagena destruidos por el Almirante Vernon, se leía. En la otra también estaba representado él, de pie y orgulloso, recibiendo una espada de manos del rival arrodillado. El orgullo de España humillado por el Almirante Vernon, ponía. Joder con las moneditas. A la luz de la lámpara de aceite el inglés amusgó los ojos para leer una pequeña inscripción junto a la figura arrodillada. Don Blass. El nombre del cabrón que le había arrebatado la gloria en Cartagena de Indias.

El puto Blas de Lezo. Ese puto cojo español.

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