fbpx

El saqueador

De nuevo enfrentado a cientos de rayas negras sobre el papel blanco y ni idea de cómo llenarlas. Normalmente tengo claro qué escribir en cada momento, si voy a llenar páginas y páginas de bocetos e ideas, si serán temas que podré reutilizar más adelante o incluso si sólo serán ejercicios que caerán en el olvido tan pronto como los termine.

La vida del compositor, como la de todo creador, lleva aparejados momentos como este, en el que la desesperación ante el vacío creativo se vuelve insoportable, dolorosa incluso. Las dudas afloran, el ego se empequeñece, la mente se seca y la visión de una vida vacía de inventiva, carente del genio que otras veces guía la mano, se convierte en una realidad pavorosa. En ese momento toca abandonar la mesa de trabajo y dejar de lado toda concepción moral para hacer lo que tantos otros en momentos igualmente complicados hicieron: saquear.

En la habitación contigua a mi estudio, una gigantesca estantería que cubre las paredes de suelo a techo espera lista para ser expoliada y poder continuar mi trabajo. Dependiendo de lo que quiera escribir, de qué tipo de obra, movimiento o melodía necesite acompañar, paso el dedo por los lomos de cientos de discos hasta que doy con lo que creo que necesito.

En ese momento es cuando la intuición debe guiar mi mano, dejando el ego del creador a un lado ante la superioridad de los grandes maestros del oficio. Ahí es cuando, si estoy atascado, por ejemplo, en el desarrollo de una sinfonía, recurro a Mahler, a Brahms o a Bruckner. Si no tengo claro cómo orquestar una melodía, Ravel, Rimski-Kórsakov, Gershwin o incluso el primer Schönberg siempre me muestran el camino. Frente a un problema meramente formal es recomendable ir a la base, a Bach, Haydn o Mozart, donde las líneas son claras y la estructura es sólida. Incluso cuando me encargan una banda sonora el saqueo vale, pues en la estantería me miran con benevolencia desde Bernstein hasta Shore pasando por Korngold, Morricone, Stravinsky o Williams. Todos ellos dispuestos a ayudarme a salir del atolladero sin pedirme nada a cambio.

Una vez decidido el maestro al que saquear es momento de coger la partitura, poner el disco en el equipo de música y regresar a la mesa de trabajo para estudiar códigos e ideas; para recorrer, en definitiva, el mapa con el que otros encontraron el tesoro de la inmortalidad y que algunos, simples mortales, sólo podemos llegar a atisbar.

Y entonces, cuando parece que nada puede salvarme del triste sino del mediocre atrapado por sus propias limitaciones, surge la magia: en algún recodo de esa música magnífica se prende la chispa que me da la idea que me falta, ese cambio de ritmo, ese acorde rebuscado, esa nota que consigue dar sentido al barullo de esbozos que se amontonan en mi mente. No entiendo cómo funciona, pues jamás he logrado comprender por qué siempre que lo he necesitado he podido recurrir al saqueo de los maestros para avanzar, pero ellos jamás me han fallado. Quizá por eso fueron, son y serán inmortales.

 

Foto de portada: ©Pexels

¿Te ha gustado el relato?

Deja tu opinión en un comentario o si lo prefieres cuéntamelo en Twitter o Instagram.

Y si quieres más puedes descargarte mis libros Confinados y Un día en la guerra totalmente gratis en esta misma web.

¡Disfruta de la lectura!

Deja un comentario