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El Ranger

Nadie se lo había querido perder. Sarah y sus chicas, los mineros de Mallony, el alcalde, el médico, el profesor… todo el Condado de Throckmorton había acudido a presentar sus respetos. El Ranger era un tipo muy querido por toda la comunidad pese a ser casi un recién llegado a Elbert.

El foco de todas las miradas era el sobrino del difunto, Edwin, con el que había llegado al pueblo cinco años atrás. En realidad habría que decirlo al contrario ya que el viejo soldado apenas se relacionaba con nadie: a su llegada a Elbert, el Ranger estaba ya demasiado demenciado como para unir dos frases seguidas. Había sido su sobrino el que, siempre con orgullo en la voz, explicó a todos las aventuras de su tío al servicio del Fantasma Gris, el general John S. Mosby.

    – Ed, cuenta otra vez la historia de cuando capturaron a Stoughton —le decían muchas noches en la cantina una vez terminada la jornada—. Cuéntanosla otra vez.

Edwin miraba al Ranger y le ponía dos dedos de whisky en su vaso invitándole a beber. No había noche en la que no le pidieran que rememorase alguna de las historias que su viejo tío era ya incapaz de recordar.

   – La captura de Stoughton… ¿te acuerdas de eso, Ranger? ¿Te acuerdas de la captura de Stoughton?

El viejo soldado le miraba con pupilas extraviadas y terminaba por sonreír al ver que era él quien le llevaba el whisky a los labios.

   – Creo que se acuerda —decía a los impacientes vaqueros—, así que tendremos que contarla.

Y comenzaba una vez más la narración de cómo su viejo tío había acompañado al Fantasma Gris por el Condado de Fairfax hasta dar con el general Edwin Henry Stoughton. Como si de un actor de teatro se tratase, Edwin se movía por todo el establecimiento haciendo las delicias de la parroquia mientras el Ranger miraba en todas direcciones como si viese el local por primera vez.

A la captura de Stoughton seguían las tomas de Warrenton y Greenwich o la batalla de Kabletown, peripecia tras peripecia hasta el triste final de la guerra para los Confederados. Ahí la historia del Ranger desaparecía hasta su llegada a Elbert junto a su buen sobrino Ed.

Al terminar la misa, Edwin dirigió unas palabras a los asistentes agradeciéndoles el cariño con el que les habían acogido tanto a su tío como a él, pidiendo después un minuto de silencio por el alma del Ranger y por la Confederación. No faltaron voluntarios para llevar el ataúd hasta su lugar de descanso eterno.

    – Fue un gran hombre, el Ranger —le decían palmeándole la espalda con los sombreros en las manos.

    – Un verdadero héroe.

Edwin sonreía agradecido mientras en su interior la verdad le roía las entrañas: El Ranger, ese anciano vacilante al que todos habían cogido tanto cariño, jamás había existido. Nunca peleó con el Fantasma Gris, ni participó en la batalla de Kabletown. O quizá sí, pero él no lo sabía. Aquel anciano había sido su herramienta para ser aceptado por las duras gentes del sur. Una idea retorcida y brillante que acuchilló su mente seis años atrás al ver a ese mismo anciano completamente desorientado y senil en las afueras de Shreveport.

Así nació la leyenda del Ranger; una leyenda necesaria para que un desertor de la batalla de Five Forks como Edwin pudiera sobrevivir.

 

Foto de portada: ©Yuri_B

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