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El líder

Una nube tóxica de alcohol, tabaco y sexo escapó por el quicio de la puerta cuando se abrió. La oscuridad se rasgó dejando entrever los cuerpos desnudos de tres mujeres; entre ellos un hombre se desperezaba rascándose la entrepierna. Estaba de mal humor.

   — No me hables —gruñó retirando de un empujón al que le había despertado. Tenía la voz aguardentosa. Muy aguardentosa.

Las cortinas cerradas filtraban la luz de la mañana dando al salón un ambiente cálido que contrastaba con las decenas de botellas de licor que había tiradas por todas partes. El hombre se tambaleó hasta una mesa, apartó un par de jeringuillas, y de los restos de una bolsita de polvo blanco sacó para hacerse dos rayas. Después dio un par de golpes en la mesa y se bebió lo que quedaba de una botella de champán para dirigirse hacia el baño, directamente a la ducha.

   — Diles a esas que se marchen antes de que haya salido de aquí —voceó por encima del ruido del agua—. Y que no se quejen por las marcas. Dales unos billetes más si te lloran.

A los veinte minutos la ducha se cortó y el hombre salió empapado de pies a cabeza dejando un río de huellas por todo el piso. De la comisura del labio le caía un cigarro doblado por la humedad.

   — Dame el colirio y un par de ibuprofenos.

El otro, servicial, ya tenía preparado todo en la mesa de la cocina junto a un zumo y varias tostadas. Tras humedecerse los ojos y tomar las pastillas con el zumo miró de soslayo el desayuno. De un golpe tiró todos los trozos de pan al suelo y se marchó a su habitación.

   — No tengo hambre esta mañana —siseó.

Su habitación ya estaba completamente vacía, con las ventanas abiertas para ventilar el pestazo. De las chicas sólo quedaban manchas de carmín y rímel en las sábanas y restos de lencería tirados en una silla. En el armario había dos trajes idénticos hechos a medida: los dos azul marino, de corte moderno y raya diplomática. También había dos camisas blancas, brillantes zapatos negros y un precioso cinturón de piel. El uniforme de alguien que está listo para triunfar.

   — ¿La corbata?

   — Hoy no —respondió por encima del hombro a su subalterno con la voz más atemperada—. Llama al coche.

Quince minutos después y tras unas gafas de sol que le cubrían las ojeras se introdujo en un elegante Chrysler con los cristales tintados. Tras acomodarse sacó su móvil y se puso a repasar las fotos que había hecho a las chicas de la noche anterior, ruborizando a su segundo con las soeces descripciones que hacía de cada una de ellas.

   — …y la muy puta vomitó sobre la otra, tenías que haberlo visto —decía entre risas—. Ahora un último tirito y a funcionar.

Del bolsillo interior del traje sacó una bolsa de plástico llena de polvo blanco, haciéndose una última raya sobre el brazo del asiento. Después le dio la bolsita a su acompañante y se puso a tararear una cancioncilla entre dientes.

Cuando el coche se paró esperó a que le abrieran la puerta, marchando rodeado de un séquito de aduladores hasta la sala de maquillaje.

   — Cuidado a ver cómo lo haces —espetó a la maquilladora nada más verla—. La última vez me dejaste naranja, cateta.

La chica compuso una mueca de disculpa y se puso a la tarea, terminando justo a la hora. El hombre dio su aprobación al repasar el peinado frente al espejo y se levantó sin decir nada más. Fuera, en la plaza, los bafles vomitaban música calentando a las masas. Todos esperaban a su líder.

   — ¿Listo?

   — Adelante.

La música cesó y en todas partes resonó la voz del maestro de ceremonias.

   — Y ahora la persona a la que todos estabais esperando. Un hombre intachable, cuya moral servirá de guía para todo el país. Alguien cuyo sentido de la igualdad y la justicia entre hombres y mujeres llevará…

Al un lado del escenario, el hombre se preparaba con su subalterno al lado.

   — Buena suerte, señor —le dijo antes de salir al escenario.

   — ¿Suerte? —le respondió él mirándose por última vez a un espejo antes de recibir el atronador aplauso de la multitud—. Yo no necesito suerte, imbécil.

 

Foto de portada: ©Miguel Henriques

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