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El abismo

Hace frío y viento, y la línea que separa la tierra de las nubes llega hasta donde se pierde la vista. Decenas, centenares, miles, millones de personas se asoman al borde, y tras ellas hay varias filas que esperan su turno para mirar. No sé qué se verá, no sé si al ir avanzando la fila la niebla se irá aclarando allá abajo, pero desde donde estoy yo apenas consigo ver nada.

No sé cómo ni de dónde, pero más y más gente llega a las distintas filas, colocándose detrás hasta formar, en las más largas, una cola de cinco personas. Puede que haya alguna de seis, pero desde mi sitio no la veo. Con el frío me vendría bien moverme y buscar esas filas largas de seis personas, pero no puedo abandonar mi lugar. Son las normas. Supongo que es así porque de poder movernos a nuestro antojo esto sería un caos.

Lo más curioso de este sitio es la conformación de las filas. Delante, al borde del abismo, siempre están las personas más mayores. Parece una forma de respeto, una manera de dejar a los ancianos mejor acceso a ver lo que hay allí abajo. El sitio de honor para ellos. Después la edad va bajando hasta que, los últimos en las colas más largas, suelen ser niños.

Cada poco tiempo el aire se detiene, se queda muy quieto, para luego convertirse en un ventarrón aún más frío que llega hasta alguien de la primera fila y le empuja hacia el precipicio. En realidad no es aire, o no sólo aire. Es una sombra invisible que todos percibimos pero que preferimos ignorar. Cuando la persona que está en la primera fila cae, la anterior da un paso hacia adelante y entonces gana el puesto que mejor visión tiene. Por lo que dicen es lo único reconfortante de avanzar en la fila.

De vez en cuando ocurre que el aire vibra en la parte de atrás de una cola y la persona empujada está en el segundo o el tercer puesto. A veces incluso acaba de llegar a su fila. Ese suele ser el peor momento, en el que todos nos miramos y agachamos las cabezas mientras vemos cómo los que están delante intentan evitar que la sombra invisible le arroje al abismo.

En mi fila somos dos personas, mi padre y yo. Mi abuelo hace poco que fue empujado por el precipicio. Qué vértigo sentí al verme tan cerca del borde, a sólo una persona de notar el final de la tierra en mis pies. Pero ni siquiera desde aquí, detrás de las espaldas cargadas y viejas de mi padre, puedo ver qué hay más allá de la niebla. No sé qué es lo que me da más miedo, si eso o saber que cada vez falta menos para que me toque a mi estar al frente del abismo y mirar cara a cara a lo desconocido.

 

Foto de portada: ©Anastasia Saldatava

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3 comentarios en «El abismo»

  1. Qué manera mas delicada de contar el final inevitable..!!!
    Pero siempre senti un vértigo a ese acantilado…..
    Mis pesadillas recurrentes de adolescencia…

    Responder

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